domingo 8 de noviembre de 2009

800 metros espalda (II)

Dice el marido de MariPaz que ella lleva demasiado tiempo rumiando las mismas ideas. Dice que debería deshacerse de todo pensamiento que lleve en su cabeza más de siete años porque se le va a apolillar el cerebro. No hay sitio para el aire fresco en una mente que es un armario oscuro, dice. A su modo de ver, MariPaz conserva todo tipo de ideas caducas en un entorno húmedo y tenebroso, como si fueran hongos cultivados. Cambio de temporada, MariPaz. Suelta de vez en cuando alguna perla. La propia MariPaz no sabe qué perlas hay en su cabeza. No es cosa de no querer lucirlas. Te huelen las frases a huesos rancios,dice él. Es nauseabundo verte decir palabras de esparto. Resuenan en mi cabeza como una letanía insoportable. MariPaz lo mira pero no se concentra. Intenta enfrentarse con una mirada fresca a la situación. Va tomando forma una perla en la cuenca de sus ojos: Él no me trata bien. Pero también en su cabeza resuena una idea de trapo como resuena un mantra: Peroyocreoquemequiere, peroyocreoquemequiere, peroyocreoquemequiere.

lunes 2 de noviembre de 2009

800 metros espalda (I)

Si yo fuera una cucaracha me adaptaría al frío y haría lo posible por anidar en el interior de una nevera. Preferiría una despensa, pero hoy por hoy, en este lado del mundo, despensas ya no hay. No soy una cucaracha. Soy Maripaz Rodríguez, y esto pone las cosas más difíciles. Para empezar, Maripaz no es un nombre de este siglo. Es como Utopía o Entelequia. Absurdo, peregrino.

Me dice la vecina del primero ¡qué gusto me da verte, Maripaz! Cómo se nota... y me lo dice casi sin echarme en cara que libro los jueves por la tarde, que vuelvo a menudo con maletas y que nunca le doy explicaciones. Se me encaja la sonrisa entre las mandíbulas como un rictus. Subo el piso que queda y lamento que el inmueble no tenga ascensor. Sería el toque de intimidad perfecto para evitar estos encuentros. Aunque la abro como un autómata, aunque todo resplandece bajo la luz blanca, nada en mi nevera puede hacerme feliz. Aunque mi vecina lo dude, no soy una cucaracha. Soy Maripaz Rodríguez, y eso pone las cosas más difíciles.

jueves 29 de octubre de 2009

Una historia en cinco líneas

Después de tantos años de enarbolar la misma bandera estéril, Carlos empezó a consentir. Compró un ciclomotor para su uso privado y exclusivo. Fue contratado por una multinacional y alargó la jornada y el sueldo con horas extraordinarias. Su hija aprendió que pi es más que tres catorce en un colegio de prestigio. Invirtió en bolsa. Dejó, en definitiva, de ser un rojo.
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Que contenga rojo /estéril / bandera / consentir / Carlos / tres catorce (ó pi)


miércoles 28 de octubre de 2009

Alcalá, 32 18h00

Una tabla de frecuencias es una hoja de cálculo que se puede completar a mano. Las utilizamos en la ESO para calcular parámetros estadísticos. Basta con que suene eso: Estadística. En la ESO, lo que se ve de Estadística es cómo elaborar (con regla y compás) algunos gráficos y el modo ancestral de calcular artesanalmente la media y la desviación típica. Somos artesanos.

Dice Carlos que Wang no debería estar en su clase. Wang es sólo uno de los dos alumnos que no entienden una frase completa en una clase de 27. Es lo que se llama en Estadística un valor atípico. Tengo esperanzas con él en la elaboración repetitiva y automática de tablas de frecuencias, porque una vez que sabes las columnas que tienen que multiplicarse, las casillas son más rápidas de rellenar, con mucho, que las de un sudoku. Nombro las columnas con sus letras y señalo las casillas manuscritas en tiza, arcaicas, con las manos abiertas. Las multiplico con los brazos y muevo el tronco, buscando el asentimiento de Wang. Pero Wang dice que no con la cabeza.
Pienso que el entrenamiento con las tablas puede ayudar a Wang en algún trabajo minucioso, como el de relojero. Un trabajo de chinos, supongo.

Dice Carlos que Wang no debería estar en su clase. En casi todas las asignaturas, Wang estira el brazo izquierdo y apoya la cabeza sobre él. A veces, se duerme. Carlos no sabe cómo ayudarle, aunque se sienta a su lado, porque Wang no entiende nada. No debería estar aquí, dice. Hablando, coincidimos en que lo que Wang necesita es aprender castellano. Existe un programa, el del Aula de Enlace, que permite a los alumnos extranjeros que no hablan castellano hacer un curso de lengua y cultura durante las horas de clase por un período de 6 a 9 meses. Para Wang, el curso no fue suficiente. Quizá nosotros, y Carlos está de acuerdo, también necesitaríamos más de nueve meses para hablar chino. Deberían dejarle estar más tiempo en el Aula de Enlace, dice Carlos.

Dice Carlos, también, que aunque Wang fuera español, él cree que no pondría ningún interés en estudiar. Yo no lo sé.

Lo que Carlos no sabe, porque yo no se lo he dicho, porque me autocensuro, supongo, es que este curso se han cerrado 50 Aulas de Enlace en 50 institutos y colegios de la Comunidad de Madrid. No sabe que quizá cierren la nuestra, porque aunque el curso está empezado, las siguen cerrando. Dice la Comunidad de Madrid que con la crisis no llega el aluvión de alumnos extranjeros de otros años. Que el recurso sobra. A mí me parece que se debería utilizar en un marco más amplio, porque el hecho es que Wang no entiende, es uno de los dos alumnos entre veintisiete que no entiende nada. Estadísticamente, un valor atípico que no es digno de tener en cuenta. Pero es que, aunque sea de Matemáticas, mi cabeza no piensa en términos de Estadística.

Por eso voy mañana a una concentración por la Enseñanza Pública. Alcalá, 32. 18h00

miércoles 21 de octubre de 2009

Hospital de campaña

Una cama de hierro y un cubo de zinc,
el dolor de cabeza
las ojeras tatuadas
la mirada perdida
el abrigo prestado
metralla en la memoria
el olor de los cuerpos.

La sirena precede
el silbar de las bombas
los escombros del hambre
las mujeres en ruinas.

Y después un silencio.

Hospital de campaña.
Una cama de hierro y un cubo de zinc.

lunes 19 de octubre de 2009

Ni fue ni pudo ser, pero podría haber sido

Hay noches, casi todas, que no, ya no suena tu nombre en mi cabeza.
Hay días que no distingo ya tu mirada de miel del resto de miradas
que crucé con otros pasajeros del tren de cercanías
con peatones esperando que cambiara la luz de los semáforos
con vecinos que esperaban su turno en el puesto de fruta del mercado.

Se desprendió del sofá la huella cansada de tu cuerpo.
Tu voz ya no es tu voz, ya no encuentro en ella tus palabras
y hace tiempo que ya no me contagia tu risa venida a menos.

Te asomas a mi puerta algunas veces para pedirme sal.
Tú que ahora estás tan bien condimentado que no te reconozco
te sobran condimentos pero la sal, y tú eso lo sabes,
la sal la tengo yo.

jueves 15 de octubre de 2009

Problemas que hacen pensar

Fernando no es normal. Lo dicen mis compañeros por los pasillos. Lo dice su agenda, llena de notas para su madre. No aprovecha la clase, firma su profesora de inglés. Y es una pena, porque es de inteligencia viva. Como no para quieto, su tutor lo ha sentado en la primera fila, solo. Pero él se va a buscar una escoliosis de tanto volverse hacia sus compañeros. La profesora de lengua le ha mandado un cuadernillo de caligrafía como a los niños chicos, porque tiene muy mala letra. No tiene paciencia para escribir. Es de esos niños que no paran de jugar. Juega con todo lo que tiene a mano. Si no tiene nada, juega con el aire. Le encanta aprender, pero jugando, claro. Trae a clase acertijos. Problemas de lógica para que se los ponga a los de bachillerato, me dice. A ver si los sacan. Y le da la risa infantil y traviesa.

Me he propuesto este año aprender a dar clase a los más pequeños. Enseñarles a guardar algo de orden. Yo, que soy caótica, les elijo el color del bolígrafo para los títulos y les mando copiar los epígrafes y los recuadros amarillos. Pero Fernando no copia. Dice que los profesores mandamos copiar para que pase el tiempo de la clase. Lo dice con una franqueza que amortigua la insolencia en su argumentación. Me aporta algo que me expliquen una palabra, dice. Me aporta algo pensar un problema. Pero copiar no me aporta nada.

Fernando es bueno en casi todo. Pero tiene mala letra, como digo. Y no quiere escribir. Sabe resolver los ejercicios pero no toca el bolígrafo. Se aburre, dice, porque ya los sabe hacer. Lo castigo a quedarse después de clase hasta que termine dos problemas por lo menos, y me dice que llame a su madre, porque él hasta las seis no tiene prisa. Se rinde al final y los hace en un minuto justo antes de que cierren el pabellón. Y puedo salir del órdago con la cara alta.

Lo he castigado a no proponerme acertijos hasta que no copie los recuadros amarillos. Y no los copia, porque no le aporta nada, claro. Yo le propongo que se los aprenda y los copie con sus palabras. Eso le gusta más. Y se los aprende, porque me los explica con sus palabras, pero no los copia. Algo voy a tener que hacer para que escriba, porque no sé cuánto tiempo podré aguantarme la curiosidad. Dice que tiene un problema muy bueno. Le diré que lo quiero por escrito.

De momento, ya me tiene pensando. Porque mi objetivo con su grupo es aprender a dar clase a los más pequeños. Él me hace pensar sin proponérselo. Yo le tengo que hacer escribir. Es lo justo.