Lógicamente, nos casamos por la Iglesia, decían Ignacio y Sara en la invitación. En realidad fue eso lo que me hizo decidirme por los zapatos dorados. No me gusta sufrir en vano, pero siendo ellos cristianos, su dios habrá aceptado gustoso el martirio de mis pies -es un dios de gustos extraños- y lo agradecerá colmando de gozo a los esposos.
Procuré distraerme en la ceremonia, observar a los niños comer sus caramelos, omitir las respuestas aunque las conociera. De vez en cuando comentábamos los momentos más interesantes el primo J y yo, y cuando el cura lo pedía por favor, nos levantábamos. Pero no grabé de las palabras más que unas sobre unas huellas en el mar y doscientos pares de huellas en la alfombra roja. Una metáfora sobre quién te acompaña en la vida. Mucho mejor doscientos pares de huellas anónimas que las del único dios verdadero. Lo que siempre me ha hecho caer en el sermón, picando en barrena, son las metáforas. Pero esta vez no fui baja, resistí con mis tacones dorados.
Después de la cena, los novios repartieron cruces conmemorativas hechas a mano con estampitas dedicadas para los ciento cincuenta o doscientos invitados. En el bolso dorado, precioso, a juego con los zapatos, deben andar cruz y estampita todavía. Perder las cosas se me da bien, no tendré dificultades.
La tía E se apellida Cruz y el primo Ignacio siempre hace la misma broma. La cruz de la familia. Tres veces se la escuché el día de la boda, las tres en que la tía E estuvo cerca. Ella no se lo tiene en cuenta, por el saber estar, pero a veces se adivina en su rostro el cansancio. Al despedirnos, volvió a decirlo:
- Tú le pones la cruz a esta familia.
- La cruz se la pones tú, que has ido uno por uno repartiéndola por las mesas, dije yo.
- Si un cristiano no reparte cruces, tú me dirás qué va a repartir.
- Hostias, lógicamente.


